Fancine 2022: ‘Sanctuary’, ‘We Might As Well Be Dead’ y ‘New Normal’ nos demuestran las posibilidades del buen cine

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Fancine 2022 Sanctuary 2022 – New Normal – We Might As Well Be Dead – DIA 5

Tras el impacto de ‘Mantícora‘ y la decepción de ‘Increíble pero cierto‘, la quinta jornada del Festival de Cine Fantástico de Málaga nos ha dejado una serie de propuestas entretenidas y con cierto interés. Primero, ‘New Normal‘ nos presentó algunos momentos ingeniosos, seguido de ‘We Might As Well Be Dead‘, que resultó interesante por su reflexión acerca de la xenofobia y el clasismo en la sociedad. No obstante, ‘Sanctuary‘ fue la que más destacó gracias a sus interpretaciones y una trama en constante cambio.

La nueva normalidad

Fancine 2022 Sanctuary 2022

New Normal es la séptima película del director coreano Jung Bum-shik, en la cual nos presenta una antología de historias donde agrupa a los actores de moda de la industria cinematográfica coreana. Tomando como concepto «la nueva normalidad«, término que se usó durante la época pandémica, el director nos propone una serie de situaciones normales que acaban teniendo una resolución anormal.

En concreto, estas historias ponen su foco en el uso de la violencia, normalmente perpetrada contra a otros, como esa «no normalidad». A través de ello, nos plantea muchos debates y temas presentes en la sociedad coreana como los estereotipos de género, la dificultad para encontrar a la pareja ideal, la precariedad económica y social, la desilusión por la vida, etc.

Por lo general, todas estas historias se mueven por el camino del suspense y del drama, utilizando los códigos de dichos géneros en su fotografía, sonido y montaje. El propio juego que propone el guion con sus giros y sorpresas (muchas veces esperadas) es el que marca la ejecución a nivel técnico. En los momentos de tensión, el ritmo del montaje se acelera y detiene en busca de efectividad; los colores y las luces se oscurecen en los momentos en los que la violencia hace acto de presencia. Del mismo, la cámara se mueve y nos guía en función del ritmo de la propia escena, anticipando la agresión que está por llegar.

En sus aspectos técnicos, llama especialmente la atención el uso de la música, al combinar perfectamente con el tono que se busca en cada momento. De hecho, muchas veces son la imagen y el montaje el que parecen estar al servicio de la propia música, llegando a transmitir más al espectador de esta manera que a través de la palabra.

A través de este estilo, New Normal nos presenta seis historias, cada una protagonizada por un personaje diferente que, posteriormente, también aparece como secundario o realiza un simple cameo en el resto de tramas. La primera de las historias marca el tono que van a tener el resto, ya que se repite el mismo giro argumental varias veces. En concreto, tratan de jugar con los estereotipos asociados al género femenino para darles la vuelta de forma no muy necesaria. Además, este recurso se hace algo pesado cuando lo vemos repetido en otras dos historias con alguna variación. En este sentido, la película no resulta muy sorprendente una vez que ha puesto las cartas sobre la mesa.

No obstante, dentro de ella encontramos dos historias que destacan sobre el resto al tener un planteamiento y una ejecución más original y trabajada. Por un lado, tenemos la trama del joven que sigue una serie de pistas escondidas en la calle para encontrar su pareja ideal.

En dicha parte, se plasma a la perfección esa necesidad (e incluso obsesión) existente en el mundo actual por encontrar a la pareja ideal, muchas veces fundamentándolo en elementos tan aparentemente aleatorios como el horóscopo o el grupo sanguíneo. También se representa la idea de la casualidad como elemento clave para nuestro destino, el cual tiene un giro trágico y algo retorcido al final de la historia. Por ello, esta parte de la película construye la tensión de manera progresiva, jugando muy bien con el tono romántico y, a la vez, terrorífico.

Por otro lado, la última historia de esta antología destaca por la construcción de su protagonista, una joven hastiada de su realidad por culpa de un trabajo precario que la obliga a enfrentarse con lo peor de la sociedad, perdiendo sus ganas de vivir y su esperanza en el propio ser humano.

Esta caracterización del personaje se crea a través de las situaciones que vive la joven, de los entornos en los que se mueve, de su casa oscura y llena de comida enlatada con la que se alimenta y de sus conversaciones inquietantes a través de foros de Internet. Es un momento en el que el personaje se presenta únicamente haciendo uso de las herramientas claves del cine: la fotografía y el sonido.

Por lo general, se trata de una propuesta bastante irregular a pesar de su interés por presentarnos diferentes personajes (de distinta edad y clase). De hecho, los temas que nos plantea son bastante interesantes y parte de ellos llega al espectador, pero no de la forma más efectiva. También es cierto que tienen un estilo algo acelerado e incluso exagerado en ciertas ocasiones, muchas veces buscado en forma de momentos más cómicos.

Un relato sobre lo antisocial, lo inmoral y lo desconsiderado

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We Might As Well Be Dead (Wir könnten genauso gut tot sein) es el debut cinematográfico de la directora de origen ruso Natalia Sinelnikova en el que nos sitúa en el último refugio de la civilización en un mundo que se ha desmoronado. Se trata de una torre de pisos donde se agrupa una comunidad que ha establecido un sistema económico, social y político propio, con unas reglas muy férreas para hacer frente a las amenazas procedentes del exterior.

Una de las personas encargadas de mantener el orden es Anna, una madre soltera de origen judío que reside con su hija en la comunidad. Equipada con su uniforme cuasi policial, es la responsable de informar a los residentes sobre los eventos de la comunidad y de mantener el orden y la seguridad a través de la vigilancia y el control. Sin embargo, a pesar de contar con el apoyo de sus vecinos y superiores (los propietarios de la comunidad), la realidad de Anna empieza a complicarse cuando lo del exterior, lo extraño, parece entrar en la comunidad.

Así, la desaparición del perro de uno de los propietarios y otros malentendidos con los vecinos, despiertan el miedo y los prejuicios presentes en esa sociedad blanca y elitista. A esto se suma la propia situación personal de Anna y su hija Iris, que se ha encerrado y apartado de los demás porque cree tener el llamado «mal de ojo«, por el cual es capaz de predecir el mal e, incluso, producirlo a los demás.

A través de esta trama, We Might As Well Be Dead desarrolla una sátira distópica con un mensaje muy claro acerca del retroceso del mundo actual. En ella, podemos ver reflejadas situaciones de nuestra realidad como el rechazo hacia «el otro», materializado en la xenofobia hacia los inmigrantes o la discriminación a otros colectivos marginados. Con el auge de la ultraderecha en Europa y con el eco del fascismo que ya conocimos, la película nos advierte acerca de los peligros existentes en nuestro sistema, donde el uso del miedo puede llevarnos a un camino de lo más antisocial, inmoral y desconsiderado.

En este sentido, no podemos separar a la película de su trama, ni éste de su mensaje. No obstante, no sentimos que sea el mensaje quien guíe la historia, ya que se encuentra perfectamente dirigida y sustentada por su protagonista. A través de Anna, interpretada a la perfección por Ioana Iacob, vamos descubriendo las sombras de la comunidad y las fisuras de ese sistema aparentemente abierto y perfecto, que se revela como cerrado y podrido. Su actuación contenida, a la vez que expresiva, se ve acompañada por una dirección y un diseño elegante y admirablemente controlado.

We Might As Well Be Dead consigue introducirnos en un mundo propio, que muestra esa riqueza y, a la vez, esa decadencia intrínseca del mismo. Nos lo muestra como un hogar imperfecto, donde los colores cálidos y la simetría del lugar llega a inquietarnos. Esto se consigue a través de la fotografía y, especialmente, de la elección de los planos, donde nos muestran a la protagonista formando una asimetría con lo que le rodea, fuera de lugar y, a la vez, sola y abrumada por él.

También encontramos una contraposición entre esos planos tan generales y otros muy cercanos, que nos acercan a la protagonista y su revuelo interior. Por ello, la imagen llena de significado y poesía los momentos de Anna con su hija de Iris, con quien se comunica a través del hueco de la puerta. Así, sin decirnos nada, nos muestra esa relación conflictiva y distante que, bajo las reglas que ellas deciden, sigue teniendo algo de cercanía y de realidad. Y así, también nos habla de la situación de ellas frente a la de la comunidad, apartada de la sociedad, cerrada herméticamente a un exterior que aterra, pero que no es tan peligroso como parece.

Los aspectos visuales también se apoyan del sonido, donde predominan los silencios y las voces de los personajes, con algunos momentos de música que refuerzan el tono buscado de tensión y drama. El montaje se desarrolla a un ritmo lento, pero constante, que adquiere mayor dinamismo en función del movimiento de la misma escena. De esta manera, todo parece estar pensado para llevarnos al punto que Sinelnikova y su equipo buscan.

Cabe decir que We Might As Well Be Dead tiene una progresión lenta que incluso pierde el interés en ciertas partes al no suceder demasiadas cosas en la trama. Sin embargo, la interpretación de Ioana Iacob hace que empaticemos con la protagonista y la sigamos a donde quiera ir. De igual forma, el resto de interpretaciones consiguen recrear a la perfección ciertos roles de personajes que tienen su propio paralelismo en la vida real. Por todo ello, la película nos propone una experiencia interesante al presentarse como un ensayo visual cuyas reflexiones tienen cabida tanto en la ficción como en la realidad.

El poder de la dominación

Fancine 2022 Sanctuary 2022

Nuestro sistema se sustenta en la dominación de unos sobre otros: de los ricos sobre los pobres, de lo hegemónico contra lo marginal. Esa lucha de poder, casi siempre perdida para una de las partes implicadas, también se integra en nuestras dinámicas sociales e incluso personales. Nuestras relaciones con los demás también reflejan esa lucha por el poder ya sea social, económico o político a través de las distinciones de clase, género, etnia u orientación sexual.

Utilizando todo este contexto, Sanctuary nos plantea una historia sobre el poder y la dominación donde lo general y lo particular de esa lucha se mezclan de forma bastante inteligente a través de dos personajes enlazados, a la vez que enfrentados. Hal, el personaje masculino de nuestra historia es el heredero de un imperio hotelero millonario del cual debe asumir su control tras la muerte de su exigente y exitoso padre. Rebecca, el personaje femenino de la historia es la dominatrix encargada de hacer realidad las fantasías sexuales de Hal, basadas en la dominación de ella sobre él.

Tras numerosos encuentros, entre ellos existe una relación que va más allá de lo profesional y que, sin embargo, Hal quiere romper debido a la nueva responsabilidad que debe asumir: ser un sucesor digno de su padre en la compañía millonaria que ha heredado. Sin embargo, Rebecca no acepta que su relación termine así como así porque ese juego por el poder y la dominación que ha estado presente en sus encuentros sexuales, ha impregnado también a su realidad.

Con esta premisa, Sanctuary nos propone una experiencia cinematográfica muy similar al teatro. Una sola localización (con varias estancias), dos personajes que se enfrentan a través de la palabra y un guion que no para de girar y de sorprendernos en cada uno de sus avances. Con estas circunstancias dadas, la película sabe sacarle provecho a cada aspecto de ella. La localización evoluciona en cada una de sus estancias, de forma que algunas se enlazan con los momentos de «fantasía» y otros con los momentos de «realidad«.

Del mismo modo, las propias características de la estancia, si es un dormitorio o un baño, adquieren su propio significado en relación con la trama y la relación de los personajes. Además, estas estancias consiguen evolucionar gracias a la interacción que tienen los propios personajes con ellas (llegando a modificar el propio mobiliario). De esta forma, se consigue dar una sensación de coherencia y, al mismo tiempo, de cambio al espectador como forma de engancharle a la historia.

Por otro lado, encontramos a dos personajes que se contraponen a la perfección en sus caracteres: una mujer y un hombre, una persona rica y otra pobre, una persona insegura y otra insegura. Es la contradicción que existe entre ellos lo que alimenta su conflicto y hace que funcione su relación. Desde el guion, notamos que son personajes complejos, trabajados y reales porque no muestran todas sus cartas, son volubles y son cambiantes. Sin embargo, lo escrito en palabras se eleva a una categoría mayor gracias a las interpretaciones de Christopher Abbott y Margaret Qualley, quienes integran a la perfección sus personajes y nos dan unas actuaciones potentes, efectivas e hipnóticas.

La base de todo esto se encuentra en el guion de Micah Bloomberg donde se integran numerosos giros y sorpresas que hacen que la película avance y nunca canse. Gran parte de sus movimientos se sustentan en el juego entre la fantasía y la realidad que se inicia cuando, al principio de la película, descubrimos que Rebecca sigue un guion por Hal para guiar sus encuentros sexuales. A partir de ese momento, el juego entre ellos parece terminar y comenzar constantemente, más allá del sexo y llegando a un plano más personal e, incluso, romántico.

A pesar de utilizarse recursos similares a lo largo de la trama, las interpretaciones y la dirección consiguen hipnotizarnos de forma que no nos cansemos. Así, el trabajo de Zachary Wigon como director y del resto de su equipo técnico se hace presente de forma que la propuesta, mayormente teatral, consigue tener un estilo propio haciendo uso de lo estrictamente cinematográfico.

De este modo, encontramos un uso de la cámara elegante e inteligente, muy basado en el movimiento que generan los propios intérpretes y que, al mismo tiempo, está supeditado por las situaciones que nos proponen. La imagen es dinámica y constante, aunque sabe encontrar sus momentos de pausa, muchas veces acompañando esos truenos que preceden a la tormenta. Tanto a nivel de fotografía como de arte, encontramos un uso trabajado de los colores, a través de los cuales se contrapone lo cálido y lo frío, es decir, la cercanía y la distancia por la que viajan los protagonistas. Además, la fotografía se sustenta en una iluminación interior que también juega con esas sensaciones de calor y frío y que también están en sintonía con la localización y el significado de sus espacios.

En compañía con la imagen, el sonido nos deja escuchar a los personajes, la forma y la intensidad con la que hablan y actúan, pero también sabe acentuarnos lo que sienten a través de ciertos toques musicales que complementan lo que sucede. Ganan especial importancias las interrupciones con destellos de colores acompañadas de música que, al igual que en una obra teatral, parecen separar los actos de la trama. En relación con esto, también actúa el montaje que, al igual que el apartado sonoro, deja actuar a la historia y a sus personajes y da la sensación de ser constante y dinámico, siempre en sintonía con los planos elegidos por el director.

Por tanto, podemos definir a Sanctuary como una propuesta teatral que al mismo tiempo se aleja de sus referentes dramatúrgicos a través de momentos de puro cine. Un ejemplo de ello está en una escena donde la cámara se mueve alrededor de Rebecca y Hal, mientras una baila enérgicamente y otro destruye de forma compulsiva las lámparas y muebles de la estancia, todo acompañado de una música igual de intensa que las emociones que en dicho momentos se plasman. En ese momento, Hal (Christopher Abbott) está destruyendo literalmente todo el diseño de iluminación de la escena y, sin embargo, está tan pensado que la modificación que realiza produce una evolución y nos funciona. Este momento resume a la perfección la película, ya que es una obra que se disfruta por lo bien pensada que está y que, como espectadores, nos funciona.

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Laura Carnicer Santos
Laura Carnicer Santos
Cineasta en progreso. Graduada en Comunicación Audiovisual. Estudiante de cine. Jefa de la sección de Cine y Series.

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